6 de julio de 2010

La Isla de los Jacintos Cortados, de Gonzalo Torrente Ballester


Título: La Isla de los Jacintos Cortados
Subtítulo: Carta de amor con interpolaciones mágicas
Autor: Gonzalo Torrente Ballester.
Editorial: Alianza Editorial 1998
ISBN 84-206-3400-X
Premio Nacional de Literatura 1980


He de confesar que es la primera vez desde hace años que tengo que coger un diccionario tantas veces mientras leo una novela. Tantas palabras nuevas para mí, algunas encantadoras: aína, ésta la marcan con anticuada, otras siniestras en su contexto (túrdiga), sofaldear, socaliña (ésta ya se la había leído a Larra en su más famoso artículo: «Vuelva usted mañana»), trujamán (fijaros en la procedencia de la palabra),... varias esparcidas por todo el texto, que lo dotan de un aura poética encantadora por su propio arcaísmo.

Porqué ya avisa con el subtítulo don Gonzalo de las interpolaciones mágicas del texto. Éstas son evidentes a lo largo de él, e incluso arquetípicas, como su uso del fuego como elemento de conjura de la visión de acontecimientos pasados. También nos avisa en el prologo que no intenta ser entendido por todos, afortunadamente esta novela no tuvo que pasar censura y nos ahorró los comentarios del lerdo del censor, como le pasó con La saga/fuga de J.B., cuya fantasía no fue entendida ni de lejos por el ínclito lector a sueldo del estado garante de la moralidad pública.

Pero hablábamos de La Isla..., elegía al amor, al erotismo y a las relaciones que de todo tipo se producen entre hombres y mujeres, o entre mujeres y hombres. Novela de fantasía poética, es un placer leerla desde su mismo principio, careciendo de la típica entrada en frío que hace que tengas que acostumbrarte durante unas páginas para cogerle el ritmo. En este relato eso no es necesario, porqué Torrente Ballester nos introduce directamente en los mundos complementarios del narrador enamorado platónicamente de Ariadna (aunque no por su gusto, lo platónico, me refiero), profesor universitario y alumna, viejo cliché; y el de las mujeres de sus relatos o visiones, tres que son una, aunque con acompañamientos, con las sutiles diferencias que sus nombres indican: Inés (ay, Inés), Agnes y Agnesse, todas ellas en las dos Islas de los Jacintos Cortados que se mencionan, una para cada plano de la realidad, o una para cada plano de la fantasía.

Porque fantástica es la novela en dos acepciones de la palabra: fantástica por la fantasía que destila toda la obra y fantástica por el relato en si mismo, que no puedo menos que calificar de obra maestra. La delicada narración de los amores del relator con Ariadna y de ésta con otro profesor, en un «menage a trois» platónico por los tres lados, en unos por imposición y en otros por oposición, sumerge al lector (a mi por lo menos lo hizo) en una complicidad con el escritor que te hace sentir con él el erotismo mediterráneo que la impregna.

Es difícil sustraerse a la fantasmagoría que envuelve incluso los momentos más prosaicos contados, hasta brujas volanderas hay, pero todo narrado con tal maestría que llega un momento en que lo más absurdo parece real y lo real, absurdo por contraposición.

En definitiva, aunque novela que exige un ritmo lento de lectura para poder disfrutar de hasta la última de las perlas que en ella se describen, es poesía en prosa, dulce, delicada, intimista hasta en las partes que rozan la pornografía. Una verdadera maravilla, una joya de la literatura en lengua castellana que puedo recomendar sin miedo a todos, especialmente al sexo que tanto embellece el mundo.

Ay, Inés, Agnes, Agnesse...

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